lunes, 18 de junio de 2012

Historia social del Tercer Reich

Familia Goebbels
 En la Alemania nazi circuló un aburrido chiste sobre el nuevo modelo de familia propiciado por el régimen, en que el padre era miembro de las SA, la madre pertenecía a la Unión de Mujeres Nacionalsocialistas, el hijo a las Juventudes Hitlerianas y la hija a la Unión de Jóvenes Alemanas; dado el activismo militante de cada uno de ellos, sólo podían encontrarse en la reunión anual del partido en Nuremberg. Bajo la capa de sombrío humor puede detectarse el grado de intromisión de la política oficial en la vida privada, característico del Tercer Reich. Un Tercer Reich que en el plano del discurso hacía de la familia la «célula básica de la sociedad» pero en el de los hechos propendía a erosionarla, engendrando una serie de medidas que mermaban la cohesión familiar: desde el enrolamiento de los jóvenes para largos períodos de servicio laboral o paramilitar hasta el secuestro judicial de niños cuyo entorno familiar pasaba por políticamente inconformista (padres que no desalentaban la amistad de sus hijos con judíos, padres reacios a enrolarlos en las organizaciones juveniles nazis, familias que adscribían a los Testigos de Jehová, etc.). Por de pronto, el eslogan de «Restablecer a la familia en el lugar que le corresponde» tenía una clara connotación política; el aumento de la natalidad era un objetivo prioritario en vista de la proyectada conquista de Espacio Vital. De modo coherente, mientras el aborto era considerado como un «acto de sabotaje contra el futuro racial de Alemania», el notable aumento del índice de nacimientos posterior a 1933 se interpretaba como un «voto de confianza biológico» en el régimen.
La Historia social de Tercer Reich escrita por Richard Grunberger es una vasta y detallada panorámica de la sociedad alemana bajo la égida nazi, abarcando facetas tan variadas como el papel del partido en la sociedad, la exclusión del judío del imaginario nacional alemán (el judío como arquetipo negativo que reforzaba por contraste el ideal de la «germanidad»), la situación de la justicia, de los obreros, la economía, el ejército, la educación, la sanidad, arte y cultura, entretención, información, religión, el culto del Fuhrer, las denuncias, etc. Se trata, por decirlo de una vez, de la historia de una progresiva invasión de los ámbitos de la cotidianeidad por un régimen que hasta el ocio pretendía regular. La publicación original del libro data de 1971. Su autor fue un prestigioso historiador de ascendencia judía nacido en 1924 en Austria y refugiado a partir de 1938 en la que sería su patria adoptiva, Inglaterra. Falleció en 2005.
Por supuesto, la absorción de lo social por el régimen tenía sus matices; la ingeniería social nazi no llegó a tener la envergadura ni la profundidad de su equivalente soviético (aunque sí los costos espeluznantes que sabemos, cuando cobró la forma de limpieza social interna: asesinato masivo de enfermos mentales, discapacitados, judíos y otros). Sus limitaciones acabaron por consolidar el mismo sistema de clases que los doctrinarios del partido se ufanaban de despreciar. El «ocio organizado» que el Tercer Reich proporcionaba en forma de cruceros de bajo costo al extranjero estaba dirigido preferentemente a los obreros, a quienes la propaganda erigía en representantes de la «Nueva Alemania» -en detrimento de «las llamadas clases educadas»-. Pero los genuinos beneficiarios de la política económica fueron los grandes intereses empresariales. Mientras que la expropiación de fábricas, talleres y almacenes de propiedad judía ilusionó al principio a artesanos y minoristas de «raza aria», la llamada «arianización» –el reparto del botín- aceleró la desaparición de empresas pequeñas y la concentración de capital. En este sentido, la supresión de los competidores judíos en la economía fue ejemplar, en el contexto de la cacareada «revolución nazi»: cuanto mayor era la expectativa de rendimiento económico, mayor sería el porcentaje de beneficios captado por los grandes empresarios. Asimismo, mientras las pequeñas empresas se veían expuestas al rigor del código laboral nazi y al intervencionismo del Frente del Trabajo (sucedáneo nazi de organización sindical), las grandes empresas resultaban prácticamente inmunes.
Un régimen que parodiaba el concepto de socialismo no hacia más que vaciarlo de contenido. El pretendido socialismo del régimen hallaba paroxística expresión en planes como los de «autoinspección» y de «autocálculo»: se esperaba que los obreros fuesen tan eficientes y comprometidos con la empresa que no requiriesen de la supervisión de inspectores, o tan rápidos en la cadena de montaje que pudiesen fijarse ellos mismos el tiempo empleado en cada pieza. «Socialismo» venía a significar en este caso que la empresa se ahorraba personal de inspección y que algunos obreros se beneficiasen a costa de sus compañeros, puesto que la mejora de ingresos de los «autocalculadores» era seguida por el ajuste de los tiempos generales de trabajo a la productividad de semejantes héroes laborales.
Una historia, en términos generales, de éxitos parciales pero sobre todo de fragmentación social, de corrupción y de degradación. Aunque se verificó un mejoramiento de la economía en los años de preguerra, a remolque sobre todo del programa de rearme, nunca estuvo cerca el régimen de satisfacer las expectativas de consumo y bienestar de la población. Los cañones tenían prioridad sobre la mantequilla: fue desde sus inicios que el Tercer Reich subordinó la prosperidad del pueblo alemán a los planes de guerra y la conquista de territorios. En el ínterin, es decir, en los hechos, la corrupción proliferó en las élites nazis y en los organismos partidarios de los que debía surgir el «hombre nuevo», futuro dominador del mundo. El principio de la «comunidad del pueblo» no pasó de ser un eslogan; la supresión de la individualidad, su inmersión en unas masas embrutecidas por el fanatismo ideológico, fue seguida por el repliegue de las personas en la intimidad doméstica, la indiferencia y el conformismo. La educación sufrió enormes retrocesos, la degradación de las artes llegó a niveles grotescos, las mujeres soportaron toda suerte de medidas de segregación. ¿El ejército, pilar tradicional del orgullo alemán? Ya lo señala Grunberger: aunque sus oficiales solían despreciar a sus colegas de las SS, apenas puede decirse que la actuación del ejército fuera éticamente menos reprochable que la de las fuerzas de Himmler, especialmente en el este.
- Richard Grunberger, Historia social del Tercer Reich. Ariel, Barcelona, 2010. 563 pp. Fuente: Hislibris

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