miércoles, 25 de abril de 2012

Humanos de probeta


No sería incorrecto pensar el cuerpo humano como un complejo dispositivo tecnológico. Una pieza diseñada durante millones de años para lograr el mayor aprovechamiento práctico del conocimiento adquirido entre los elementos que conforman el mundo. Tampoco sería incorrecto identificar ese largo proceso de selecciones, descartes y abandonos de distintas posibilidades bajo el término de evolución. ¿Pero qué ocurriría si el mundo cambiara demasiado rápido para las posibilidades naturales de adaptación humana, por ejemplo, bajo un repentino cambio climático? ¿Qué forma tendría ese intento urgente de adaptarse a un mundo que impusiera nuevas necesidades? ¿Y bajo qué discusiones bioéticas se daría ese proceso? Preguntas parecidas han sido el punto de contacto habitual entre la posibilidad hipotética de un cambio climático concreto y un amplio abanico de desenlaces imaginarios. En esa línea, algunas novelas del escritor estadounidense Kurt Vonnegut –que veía en el desproporcionado tamaño del cerebro el origen de todos los males humanos–, Michel Houellebecq o Ian McEwan –cuya última novela, Solar , trata la recreación de la fotosíntesis–, son también el documento de una época donde la cuestión ecológica no es un detalle menor. Incluso el marketing ha colonizado su parte de la teoría de la evolución: ¿quién no recuerda a esos simpáticos osos polares disfrutando una botella helada de bebida cola en su propio hábitat? Pero ni la literatura ni el marketing son el campo de acción de S. Matthew Liao, filósofo y profesor del Centro de Bioética de la Universidad de Nueva York, Estados Unidos; ni de Anders Sandberg, doctor en neurociencias e investigador en el Instituto para el Futuro de la Humanidad en la Universidad de Oxford, Inglaterra; ni de su colega en esa institución, la filósofa Rebecca Roache. Científicos reales en un mundo real, para los autores del polémico paper Ingeniería humana y cambio climático , la ciencia ya ha alcanzado la oportunidad de cerrar todas las incógnitas que la imaginación apenas puede entrever. La solución: ingeniería genética aplicada a los humanos del futuro.
Si el consumo mundial de carne es responsable de más del 18 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, ¿por qué no inducir genéticamente el rechazo gradual de esa sustancia a través de fármacos capaces de provocar náuseas ante cada bocado? Así, además, los espacios deforestados para la cría de ganado se reducirían hasta desaparecer.
¿La masa corporal humana necesita demasiada energía para funcionar? La ingeniería genética también podría lograr una reducción gradual de los cuerpos para empequeñecerlos hasta un 25 por ciento. Y no harían falta más herramientas que las disponibles en cualquier clínica especializada en fertilización de embriones humanos.
Rediseñada a la medida de una economía energética que privilegiara el ahorro, después de una temporada en el laboratorio la Humanidad podría prepararse para afrontar los riesgos del cambio climático con todas las ventajas de la ciencia a su favor.
Hipótesis por el estilo, expuestas y defendidas en el paper de 26 páginas editado en febrero por la revista inglesa Ethics, Policy & Environment , ubicaron de inmediato a los investigadores Liao, Sandberg y Roache en la mira de la comunidad científica, bajo la sospecha de propiciar un proyecto de “eugenesia ecologista”. Más viscerales, por otro lado, los lectores del documento en la web también lanzaron masivas acusaciones de “ecofascismo” y “estupidez”, multiplicando la resonancia del trabajo en todo el mundo.
Con mejor predisposición que tacto, el filósofo Matthew Liao aclaró algunos detalles más sobre los presuntos beneficios de sus ideas. “Políticas gubernamentales como las de China, que prescriben la cantidad de hijos, en realidad tratan sobre la importancia de ajustar la emisión de gases de efecto invernadero. La ingeniería humana, por su lado, permitiría a una familia elegir entre dos hijos de tamaño mediano, o tres hijos de tamaño pequeño. Desde nuestra perspectiva, esto da más libertad que las políticas que obligan a una cantidad específica de hijos”, dijo el especialista en una entrevista publicada en la revista The Atlantic .
Entre otras hipótesis de potencial aplicación sobre los hombres del futuro, el control de los nacimientos a través de “mejorías cognitivas”, el rediseño genético de la capacidad visual –para disminuir la demanda de iluminación– y el “mejoramiento farmacológico del altruismo y la empatía” de los nuevos humanos, arrastraron el sospechoso perfume de viejos proyectos fracasados alrededor del perfeccionamiento genético de la especie.
¿Puede una elite científica delimitar cuáles serán las necesidades de la Humanidad ante los posibles cambios climáticos del planeta y rediseñar bajo ese esquema toda la naturaleza humana? ¿Bajo qué autoridad, detrás de qué principios y con qué riesgos? “Cuando la gente se preocupa por la interferencia en la naturaleza humana, generalmente lo hace por las interferencias hechas por malas razones –argumentó este filósofo de la Universidad de Nueva York–. Darle epidurales a una mujer durante el parto también es interferir en la naturaleza humana, pero eso suele ser bienvenido”.
Sin embargo, el propio Stephen Hawking ya había mencionado en 2009 la necesidad de incluir en el patrimonio evolutivo todo el conocimiento científico acumulado desde la invención de la escritura. A ese nuevo horizonte de la especie –en el que las modificaciones benéficas del ADN serían una práctica corriente–, este físico inglés lo llamó “evolución autodiseñada”. Como cuatro años antes había escrito el escritor francés Houellebecq en su novela La posibilidad de una isla , una nueva raza de humanos perfeccionados para soportar mejor la vejez y las enfermedades, y dueños de una inteligencia racional y emotiva modificada para optimizar cualquier dinámica social, dejaría atrás a los eslabones menos adaptados, bajo la tutela luminosa de la ciencia.
“La gente parece asumir que somos totalitarios apocalípticos del clima que proponen el control biotecnológico de la población. Pero lo que realmente decimos es que cambiar nuestra biología podría ser parte de la solución de los problemas ambientales”, defendió también su polémico trabajo el neurocientífico Anders Sandberg, de la Universidad de Oxford. “De hecho, en mi trabajo en el Instituto para el Futuro de la Humanidad, el cambio climático está entre las preocupaciones menos importantes en cuestiones de catástrofe global –aseguró–. Es un problema, es cierto, pero no lo veo capaz de borrar a la humanidad. Eso probablemente me descalifica para ser un eco-nazi”.
Pero a la hora de colocar en perspectiva la sombra peligrosa del nazismo cuando se trata del perfeccionamiento genético de la especie –tarea que las terribles experiencias conducidas por una de sus eminencias científicas, el médico Josef Mengele, prohíben olvidar–, Sandberg tampoco logró un argumento del todo convincente. “El motivo por el que la eugenesia ha sido algo dañino en el pasado es porque fue coercitiva, impuesta por el Estado y en general basada en mala ciencia”, explicó, añadiendo también que “los métodos que nosotros mencionamos son demasiado débiles, indirectos y lentos”.
Jaqueados por la respuesta negativa de sus colegas y por el repudio masivo de los lectores, los autores de Ingeniería humana y cambio climático insisten en que, por lo menos, han logrado plantear la necesidad de una pregunta filosófica alrededor de una legítima preocupación científica. “Quisimos incentivar al público a pensar en un grupo de soluciones al cambio climático que ha sido ignorado hasta ahora, a pesar del hecho de que, en muchos casos, sería científicamente imposible implementarlos. La ingeniería humana puede parecer bizarra e irreal, pero esto no significa que no podría convertirse en algo posible y prometedor. Los teléfonos y las computadoras personales son parte importante de la vida moderna y también fueron alguna vez considerados bizarros e irreales”, dijo a la defensiva la filósofa Rebecca Roache, coautora del controvertido documento. “Es común que los filósofos escriban sobre ideas descabelladas u horripilantes, pero esas ideas rara vez interesan a otras personas, ya que no tienen repercusiones obvias en la vida real”.
Convulsionado por campañas de concientización ecologistas y por el efecto amplificador que tiene sobre el público buena parte del más reciente cine catástrofe de Hollywood, el cambio climático es aún un asunto en disputa dentro de la comunidad científica. ¿Somos los seres humanos enteramente responsables del cambio de las variables de temperatura, presión y lluvia del planeta? ¿Podría la ingeniería humana ser una alternativa ante el nuevo escenario climático? Atravesadas por intereses económicos y políticos, las respuestas científicas no terminan de validar consensos absolutos. Hasta entonces, la literatura de ciencia ficción actual podría esconder ya algunas claves de un futuro a las que algunos científicos comienzan a asomarse entre discusiones, aprobaciones y rechazos. No sería la primera vez que la imaginación utiliza ese camino para convertirse en realidad. Fuente: revistaeñe

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